martes, 18 de mayo de 2010

LA ALDEA DE LA MODERNIDAD.
Supongo que debí haber hecho esta nota hace mucho tiempo, cuando ví la película se me ocurrió con que idea relacionarla pero hasta hace poco encontré algo que me gusto para mi nota, son estas dos citas:
Una insidia perniciosa surge de la pretensión de algunos científicos, incluso eminentes, de que la ciencia proporcionará pronto una explicación completa de todos los fenómenos del mundo natural y de todas nuestras experiencias subjetivas: no sólo de las percepciones y experiencias acerca de la belleza, sino también de nuestros pensamientos, imaginaciones, sueños, emociones y creencias [...]. Es importante reconocer que, aunque un científico pueda formular esta pretensión, no actúa entonces como científico, sino como un profeta enmascarado de científico. Eso es cientifismo, no ciencia, pero impresiona fuertemente al profano, convencido de que la ciencia suministra la verdad. Por el contrario, el científico no debe pretender que posee un conocimiento cierto de toda la verdad. Lo más que podemos hacer los científicos es aproximarnos más de cerca a un entendimiento verdadero de los fenómenos naturales mediante la eliminación de errores en nuestras hipótesis. Es de la mayor importancia para los científicos que aparezcan ante el público como lo que realmente son: humildes buscadores de la verdad (La psique humana, 1986).
John Carew Eccles. Premio Nobel. Campo de la neurocirugía.
También en las tradiciones espirituales veo un camino del saber, paralelo al de la ciencia, en el que se puede aprender algo sobre el mundo. A mi entender, todo conflicto entre ciencia y religión es un malentendido. La discusión sobre evolución y creacionismo es intelectualmente espantosa, tanto por lo que defienden los fundamentalistas de la religión, en especial en los Estados Unidos, como también, en parte, por culpa de los científicos; ese libro de Richard Dawkins, The God Delusion (El espejismo de Dios), ¡es tan simplificador! Ni la religión ni las ciencias de la naturaleza podrían probar nunca la existencia de Dios ni refutarla. (Investigación y Ciencia, abril 2008)
Anton Zeilinger. Físico austríaco.
Me parece que de estos científicos nos quiere “proteger” el “consejo de los mayores” de la modernidad, que no deja de repetirnos la idea de que el único medio de llegar a la verdad es el conocimiento científico y que por lo tanto todo lo demás son “idioteces” (así dicen).
Thomas Kuhn dice en “La estructura de las revoluciones científicas” que cuando las personas comienzan su tarea como científicos reciben un conjunto de ideas aceptadas por la comunidad científica, una tradición de enfoque, un conjunto de conocimientos, un orden determinado para éstos, un código para el trabajo científico y una orientación marcada para las conclusiones de sus trabajos posteriores. Si eso no es religión por lo menos se parece mucho ¿no? Las teorías científicas se convierten es dogmas que rara vez se cuestionan.
Pues no creo que la ciencia llegue a explicar todos los fenómenos, pero si así lo hiciera la explicación no es suficiente para vivir en este mundo, necesitamos encontrar un sentido a nuestra vida, necesitamos tener esperanza, consuelo, valores. Y eso, aunque muchos se retuerzan, está en la religión y en la moral, ¡qué le vamos a hacer!
Qué bueno que el derecho está dejando de ser “ciencia pura” o “pura ciencia” y se empieza a reconocer en nuestro país algo que hace décadas se sabe en otros: la estrecha relación entre “hecho” y “valor”, lo que lleva a reflexionar ya sobre el problema del “derecho justo”.
Claro que el camino es largo, primero habrá que cuestionar la herencia que nos dejó el positivismo llevado al extremo, por ejemplo el “principio de legalidad” que aún protege con su manto sagrado tooodo lo que toca, bueno cuando le conviene a quien lo invoca, basado en la idea del legislador “racional” cuando nuestros legisladores efectivamente son muy “racionales” y legislan para cumplir con los compromisos adquiridos, estructurando las leyes con mucho cuidado para que no nos demos cuenta de sus propósitos.

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